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Andalucía: del monocultivo industrial a la biodiversidad decrecentista

Por Florent Marcellesi, coautor de “Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible” (El Viejo Topo, 2013).

monocultivo

Texto escrito para la memoria de la Red de Decrecimiento de Sevilla. En base a una semana de conferencias por Andalucía del 11 al 15 de febrero del 2013.

Viajar por Andalucía, además de placentero, es algo muy útil. Permite entender a la perfección lo que es una sociedad industrial y una de sus principales características: el monocultivo. Este rasgo desarrollista, más allá de su tradicional definición como “cultivo único o predominante de una especie vegetal en determinada región”, se puede aplicar de forma más genérica a la producción predominante de cualquier bien o servicio generado en gran cantidad para el consumo de masas y que estructura el paisaje productivo de una tierra.

Visto así, ¡cuan productivista puede llegar a ser gran parte de Andalucía con sus amplias superficies monótonas dedicadas al crecimiento y la explotación brutal de la naturaleza y del trabajo! Sin duda, “el mar de plástico” de Almería no deja a nadie indiferente con sus invernaderos vistiendo de blanco las faldas montañosas que caen al mar, mientras que el océano de olivos entre Córdoba y Granada deja entrever una tierra cansada y erosionada de tanta uniformidad y químicos. Por su parte, la costa malagueña, con sus interminables olas de hoteles y segundas viviendas, es un monumento al monocultivo del ladrillo así como a la sed de promotores y políticos ávidos de desarrollo y de turistas necesitados de sol barato. Mientras tanto el puerto de Algeciras, verdadero monocultivo del container, se erige como punto neurálgico de la era globalizada pero agonizante del petróleo barato, abundante y de buena calidad. Por doquier, si fuera poco, estos monocultivos esconden no pocas miserias laborales, trabajos indecentes, explotación de inmigrantes, desigualdad de género o un reparto profundamente desigual de la tierra.

Afortunadamente Andalucía también es una tierra de alternativas, donde la esperanza desafía al conformismo. Allá donde le lleven sus pasos, un transeúnte mínimamente despierto y curioso encontrará otro panorama: un ecosistema donde predomina la biodiversidad de personas y colectivos hacia otros mundos posibles. No hay ni una ciudad, ni un pueblo que yo haya pisado donde no asomen por la ventana del cambio una “iniciativa en transición”, un colectivo de finanzas éticas, grupos de consumo autogestionados, proyectos de agroecología, huertos urbanos o monedas locales (¡la mitad de los proyectos de España tienen lugar en Andalucía!). El monocultivo impuesto se agrieta y en las brechas brota el hermoso y potente sabor de las iniciativas comunitarias que, desde abajo y de forma cooperativa y alegre, plantan cara al coloso con pies de barro.

La Red de Decrecimiento de Sevilla es una de estas semillas del cambio que uno tiene la suerte de conocer en su periplo. Animado por un instintivo don de la acogida y por una energía vital impresionante —que les llevan a organizar en poco meses dos encuentros estatales, uno sobre monedas locales en mayo y otro de decrecimiento el 1, 2 y 3 de noviembre—, son un buen reflejo de la máxima “el camino se hace andando”. Y que cunda el ejemplo: la alternativa política, social, cultural y económica no es una promesa para el más allá o para las generaciones futuras. No: se construye hoy y aquí, debajo de nuestras casas y cualquiera está invitado en participar y poner en práctica su gran capacidad de “poder-hacer”. Gracias a esta filosofía, a la red de decrecimiento de Sevilla les debemos el Puma (nota al viajero curioso: el nombre no viene del felino sino del centro vecinal “el Pumarejo” donde nace el proyecto), una de las monedas locales más pujantes del Estado donde casi 600 personas, incluso niños y niñas (este detalle tocó, sin duda, mi fibra de padre…), pueden intercambiar bienes y servicios, siendo según la ocasión productor o consumidor. Les debemos una red de productores y consumidores ecológicos y locales, el impulso de una cooperativa integral, un programa de radio y numerosas charlas públicas para repensar de forma colectiva las bases de nuestra sociedad.

En el marco de una estas charlas, donde fui invitado en febrero del 2013 para compartir y debatir sobre “decrecimiento y trabajo“, tuve la ocasión de comprobar tanto la capacidad de convocatoria como la ebullición reinante en el microcosmo sevillano de la “transición en comunidad”. Producción y reproducción de la vida, emancipación y educación, mestizajes y alianzas en red, punto de encuentro y puente hacia el futuro, valor de la comunidad y del sujeto autónomo, ahí están todos los ingredientes para vivir bien y felices dentro de los límites ecológicos del Planeta.

Sí, un viaje a Andalucía es muy útil para comprobar que no solo es deseable sino también posible una transición ecológica desde el monocultivo industrial hacia la biodiversidad decrecentista.

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